domingo, 21 de marzo de 2010

Cuentos infantiles, ¿qué enseñamos?

INTRODUCCIÓN. CUENTOS DE HADAS

Cada vez que entonamos el “Érase una vez”, estamos zambullendo a nuestros pequeños en un mundo de fantasía que ellos disfrutan y paladean con placer. Para nosotros es casi una rutina tomar un libro o hacer memoria y relatar ciertos cuentos que la inmensa mayoría conocemos. Tanto es así, que ni si quiera nos paramos a analizar con un poco de detenimiento lo que estamos enseñándoles. Porque, efectivamente, los niños aprenden con todo. Son como pequeñas esponjas que absorben información prácticamente sin darse cuenta. Es así como, por ejemplo, aprenden las palabrotas que tanta gracia nos hacen en un niño de dos años y no consentimos en un crío de once. Por eso es importante saber lo que les estamos transmitiendo. Al igual que procuramos que no vean películas o dibujos de contenido violento y nos planteamos ciertos tabúes cuando están delante para evitar enseñarles malas conductas, deberíamos prestarle atención a qué tipo de historias les contamos.

Nos fiamos de que Disney (sus películas y adaptaciones de los cuentos clásicos) o empresas similares, velan por la infantilización de los contenidos para niños. Pues he aquí una crítica con algunos ejemplos que, a la par que educativos, espero sean entretenidos para quien los quiera leer, y que iré presentando los próximos días.

Analicemos fríamente cuentos o dibujos que tan gratamente recordamos o relatamos:


Para empezar, los cuentos de hadas en general que tanto gustan a las niñas. Esto se ve fácil y rápido: tía inútil y repipi busca heredero pitufo. Porque viene siendo básicamente eso, ¿o no?
Esas princesitas de cuento que nos presentan tan delicadas y femeninas no son tan tontas como parece. ¿Cuántas veces es un tío normal, un currito de a pie quien se la lleva? Más bien poquitas. Porque no quieren al ogro, ni al enanito, ni a nadie que no tenga título de príncipe. ¡Carajo para la mosquita muerta! Y siempre heterosexuales, no vaya a ser que, por equívoco, digamos que fue una amazona quien besó a Blancanieves. ¡Por Dios! Eso sí que es perversión. Y llegamos a otro tema crucial: la necrofilia en los cuentos. Vamos a ver, si la tipa está moribunda en una cama (véase la Bella Durmiente) o metida en un ataúd (caso Blancanieves), está bien que le presentes tus respetos y tal, pero de ahí a mandarle un morreo… eso da bastante mal rollo. Y no vale el “es que la bruja dijo que tenía que besarla…” ¿Y tú le haces caso? ¡Pero que es una bruja, coño, que no pretende nada bueno! Y luego están las madrastras… esas horribles mujeres que nunca quieren nada bueno para las hijas de su esposo… Es una idea cojonuda, seguro que todas las mujeres que se casan de segundas nupcias con un hombre con hijos brincan de alegría con esta visión. Porque nunca es un padrastro… No, ¿para qué? Desvirtuemos el papel de la mujer ya desde la infancia: serás una pobrecita dependiente de un hombre que te salve, y si algún día crías a niños que no sean tuyos, te verán como una bruja. ¡ESTUPENDO! ¡Mi sueño hecho realidad!

Salvando algunas excepciones de películas que se dan en la actualidad o reedición de cuentos para hacerlos “políticamente correctos”, está por ver que le contemos a nuestros niños eso de “Érase una vez un príncipe encerrado en una torre, que era tan débil, asustadizo y lerdo que no podía salir por sí mismo, y esperaba el día en que una princesa u otro príncipe, por qué no, se perdiera en sus paseos y le encontrase, pues le salvaría y se casaría con él.” ¡STOP! Hemos quedado en que los niños aprenden de todo aquello que ven, escuchan o tienen cerca. Qué pretendemos, ¿que se comprometa con el primer crío que le defienda en el recreo? ¿Qué se quede sentadito/a esperando a que su pareja ideal se tope de bruces con él? Un poquito de cordura… que le echen una mano no quiere decir que esté supeditado a esa persona de por vida… Hay que ser agradecido, sí, pero tanto… Me parece que no es eso lo que pretendemos. Entonces, ¿por qué lo ponemos como ejemplo a seguir?


Piensa qué clase de adulto quieres que sea tu hijo/a antes de entonar el “había una vez”.


® Raquel Contreras